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10 de enero de 2009

Primero exactamente y primero exactamente

Gertrude Stein fue una señora rica y sin talento que, por suerte, supo bastante bien que lo suyo era el mecenazgo y no el arte. Ayudó a muchos pintores a despegar en el París de principios del siglo XX, entre ellos a Matisse y a Picasso. Sin embargo, el día tiene veinticuatro horas y la tentación era grande, así que Stein trató de hacer obra propia. Maldita la hora en la que tuvo la ocurrencia, pero así fue y la buena señora se puso a ello. Y en un momento de flaqueza, se hizo poeta, que es lo más rápido y económico: si sale mal (cosa que, generalmente, suele ocurrir), sólo has perdido unos cuantos ratos muertos. Y puedes hacer desaparecer las pruebas fácilmente.

Pues con sus lápices y sus cuadernos estaba, cuando a Stein se le ocurrió una de las ideas más estúpidas del siglo XX: trasladar el cubismo a la literatura. Podía haberse contentado con escribir poesía corriente y moliente, pero no; Stein estaba rodeada todo el santo día de genios en ebullición y eso es algo que altera la perspectiva de cualquiera. Así que el cubismo a la literatura como que me llamo Gertrude.

El cubismo, sobra decirlo, fue un estilo tan esencialmente pictórico, que ni siquiera soportaba bien su traslación a la escultura. Simplemente: dejaba de tener sentido. Ello, por sí mismo, podía haber hecho reflexionar a Stein, pero es que Stein era de Pensilvania, así tampoco tenía por qué pararse a pensar demasiado.

Bueno, pues he aquí los resultados de los experimentos de Gertrude Stein. Pongo sólo un trocito, por no martirizar al amable lector. Si alguno entre el respetable quiere expiar algún pecadillo, puede leerse el poema completo aquí.
Quién vino primero, Napoleón primero.
Al presente.
Exactamente hacen.
Primero exactamente.
Exactamente hacen también.
Primero exactamente.
Y primero exactamente.
Exactamente hacen.
Y primero exactamente y exactamente.
Y hacen.

[Fragmento de Si le dijera: un retrato terminado de Picasso en traducción de Joaquín Ibarburu]

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