Estaba leyéndome unos poemas de
José Antonio Labordeta, cuando me ha venido a la cabeza, precisamente leyéndolos, la posibilidad de una nueva categoría para esto de la poesía. Yo, a diferencia de la juventud ácrata que reniega de categorizaciones, clasificaciones y ordenamientos (ahora la juventud pone
tags, cágate), soy partidario de llevarlo todo pulcramente sistematizado.
La categoría en cuestión es la de los poetas a ratos. Quizás podría llamarlos, también, mediopoetas, o, por utilizar una terminología más acorde con los tiempos que corren, poetas a tiempo parcial.
Los poetas a ratos son gente normal y corriente, honrada y cabal, que llevan una vida ordinaria como paisanos de su pueblo. Se levantan, se desayunan y, hala, a dejar que la vida les vaya corriendo en vete tú a saber qué menesteres: unos son bancarios, otros electricistas, otros profesores de universidad, otros vendedores a comisión, otros panaderos, etc.
Sin embargo, a ratos se sienten poetas. Esa y no otra es su peculiaridad: a diferencia del resto de los mortales (que sueñan, básicamente, con hacerse ricos de golpe y enviar a todo Dios al carajo), nuestros personajes se sienten poetas. Lo cual, dicho sea de paso, me parece cojonudamente. Que cada cual se sienta como le parezca, sólo faltaba... El caso es que, como se sienten poetas, se sientan a escribir. Y ahí viene lo jodido: que escriben poemas. Pero no unos poemas cualesquiera, no. Escriben unos poemas a genio parcial. O sea, que no son basura pergeñada por un mandril con retraso mental, pero que tampoco son poesía. No, al menos, eso a lo que yo considero poesía: un verso o suma de versos que, cuando los lees, son como si alguien te arreara una hostia con el puño cerrado en mitad del entrecejo.
¿Motivos para que esto suceda? Ni puta idea. Los mismos que existen, supongo, para que haya malos escritores. Porque los poetas a ratos no son más que eso: malos escritores a los que se les nota la intención pero les falta el talento. Han oído hablar de esa cosa llamada poesía y les ha parecido bien. Lo que pasa es que lo que ellos entienden por poesía se parece a la auténtica poesía como un servidor a Brad Pitt.
Un ejemplo del mismo José Antonio Labordeta (por favor, no prueben a hacerlo en casa):
Me mira con la misma sensatez que el tiempo
y con los ojos tristes
mi viejo perro quiere decirme adiós
sin la violencia del olvido.
Permanece en silencio y cuando me voy de casa
sus ojos se distancian del tiempo
y se hacen vida con las lágrimas de su olvido.
[del poema Mi viejo perro; completo aquí]
A esto es a lo que me refería, ¿entienden? Labordeta tiene la idea y tiene el tono, pero si esa idea y ese tono tienen algo que ver con la auténtica poesía, con la alta poesía, que venga Angelina Jolie y se refocile alegremente sobre mi cuerpo desnudo.