Pero el problema de ser Borges es que eres Borges todo el rato. Incluso cuando haces la lista de la compra. Por eso, aun reconociendo que su poesía es tan rígida que le desploma a uno el ánimo, a veces el Borges refulgente y asombroso sale a flote: sus temas están ahí, su instinto está ahí, su capacidad para urdir una idea está ahí y, en suma, todo lo que él es, se quiera o no se quiera, sale a la superficie.
Ahí va un poema de Borges que se titula Llaneza. Leedlo olvidándoos de la pastosidad que tiene el verso. Olvidaos de ese ritmo cansino y pesado: detrás de él está el gran Borges de las grandes ideas. Aunque, como en este caso, lo que nos cuenta sea algo simple y conmovedor. Y exactamente por eso y no por otra cosa, a esto le llamamos poesía.
Se abre la verja del jardín
con la docilidad de la página
que una frecuente devoción interroga
y adentro las miradas
no precisan fijarse en los objetos
que ya están cabalmente en la memoria.
Conozco las costumbres y las almas
y ese dialecto de alusiones
que toda agrupación humana va urdiendo.
No necesito hablar
ni mentir privilegios;
bien me conocen quienes aquí me rodean,
bien saben mis congojas y mi flaqueza.
Eso es alcanzar lo más alto,
lo que tal vez nos dará el Cielo:
no admiraciones ni victorias
sino sencillamente ser admitidos
como parte de una Realidad innegable,
como las piedras y los árboles.