Hace unos años entré en un bazar (de esos en los que venden un poco de todo a bajo precio) con la sana intención de comprar una peli porno y, al pasar junto a los estantes del material de papelería, me topé con un montoncito de libros. Entre ellos, había tres de poesía al increíble precio de cien pesetas cada uno (menos de un euro), así que no pude resistirme y los compré.
Sí, dinero tirado al retrete, pero nadie dijo que no hubiéramos venido a este valle de lágrimas a sufrir.
Pensaba dejarlo estar (si yo tuviera que estar al quite de cada mal poemario que se publica, ¿de dónde sacaría tiempo para el porno?), pero el otro día leí uno de ellos y el tonillo prepotente de su contraportada me tocó un poco los huevos, así que voy dar unos apuntes, en plan rápido, para que este o cualquier otro autor en su misma circunstancia, aprenda algo sobre poesía.
Les pongo en antecedentes: el libro se titula
Sitio (Edicions del Mall, Barcelona, 1986), está escrito por el poeta canario
Miguel Martinón y tiene una portada diseñada por el que sin duda es su peor enemigo. En la contraportada se nos advierte de que es "un poeta de insólitos recursos expresivos y constructivos", pero no se lo crean porque esas son cosas que siempre dicen los editores. Tampoco iban a poner: "estamos ante un poeta horrendo y a usted más le valdría dejar de sujetar este libro entre los dedos antes de que se le gangrenen". No, hay que vender el producto. Pero sin pasarse de rosca. Porque si te pasas de rosca, puedes tocarle los cojones, un montón de años después, a un gilipollas que lo único que quería era conseguir porno y que, en un momento tonto, se gastó cien pesetas en tu libro.
Miguel Martinón, que sigue publicando poemarios como si tal cosa, escribe mal. Es un mal poeta. Nada raro en este mundo que nos ha tocado vivir, pero es que este tipo es profesor de Literatura Española en la Universidad de La Laguna, participó en no sé qué revista acojonantemente importante,
es estudioso de tal y de cual, etc.
Y por eso, sólo por eso, entro a este trapo: porque, ¿cómo diablos puede enseñar literatura alguien que escribe mal, mal y mal? Es como si en la facultad de medicina, la asignatura de "Teoría y práctica general de la autopsia en seres humanos" la impartiera alguien al que le dieran grima los cadáveres. Cuidado: que tratándose de la universidad española, ni siquiera descarto la posibilidad. Pero entiendo que no: si lo tuyo va sobre rajar muertos, tienes que saber de muertos, de lo que te va a salir de un muerto una vez que lo abras de arriba abajo, etc.
En el vaporoso campo de la literatura, sin embargo, esto no pasa: puedes ser un escritor horroroso y enseñar literatura. Incluso puedes no entender qué es el hecho poético, cómo se conforma un poema, qué hilos y qué tensiones convierten lo común en poético, y dar clases de literatura. Cobrando.
Y no.
El poema es un ecosistema que no se parece a ningún otro. Nada en él funciona como funciona el resto de las cosas: ni en la literatura, ni fuera de ella. Tiene reglas, pero son reglas que no se someten a nada y que, cuando interactúan entre ellas, pueden ser una cosa y la opuesta. O ambas al mismo tiempo, o ninguna. Complementarse o destruirse. Colaborar o enfrentarte.
El poema es, de alguna forma, un ecosistema darwiniano: infinidad de mutaciones aleatorias combinadas entre sí dan lugar a un rango casi infinito de posibilidades. Pero sólo a una única de esas posibilidades la llamamos
Charlize Theron. ¿Me siguen?
Por explicarlo de una forma gráfica, una palabra en un poema funciona como una célula cancerígena: se torna activa, decisiva, mutable e influye de forma violenta sobre el resto de palabras que han tenido la mala suerte de encontrarse junto a ella. Una palabra en un poema no es una palabra: es una palabra y todo lo que puede ser cuando ataca al resto de palabras, al resto de frases, a la materia gris del tipo que la está leyendo.
Por eso hay grandísimos poetas que lo son sin casi darse cuenta y legiones de juntaletras que dedican media vida a levantar una obra muerta de nacimiento. Porque los primeros conocen los mecanismos mortales del cáncer y los segundos no.
Miguel Martinón es de este segundo tipo de poetas: no ha descubierto el modo de activar la carga cancerígena de las palabras. Dudo mucho de que conozca este concepto. Él se limita a ser poeta a la vieja usanza: tú miras el paisaje, en un momento tonto consideras que ese paisaje transmite una paz y una belleza de mil pares de cojones y, hala, al papel: "Yo a esto le escribo un poema como la copa de un pino". Dicho y hecho.
El caso es que escribir poemas así es una estupidez. Y el resultado se parece a un auténtico poema como mi saber hacer al de
Nacho Vidal. Eso no es poesía. Es algo que remotamente se le asemeja (como mi saber hacer) pero que carece de cualquier carga poética. No hay cáncer, no hay lucha, no hay tensión, no hay bestialidad, no hay belleza, no hay piedad, no hay calma. No hay nada. Sólo unas palabras corrientes y molientes.
Les dejo con un poema de Miguel Martinón. Se titula
El botón de oro que, por cierto, para los poetas cursis (no para Martinón, que mal poeta sí es, pero cursi no), es esa parte de la anatomía femenina que se encuentra sobre la flor de cálidos y turgentes pétalos.
húmeda clausura
verde resonaba
el agua cayendo
en la fuente cerca
en ámbito umbrátil
entre los helechos
oculto allí busco
ya miro aquel brillo