Blog más o menos desactualizado de Alber Vázquez. Para más emociones, estamos en Facebook. Ya, es que si ahora no estás ahí, no eres nadie.

28 de marzo de 2009

Oración para borrachos

Exceptuando a Charles Bukowski, no conozco ningún escritor al que la bebida le haya ayudado a escribir mejor. Lo normal es que el alcohol te anule para cualquier cosa útil. Me refiero al hecho de beber en firme. Con premeditación y alevosía.

Uno de estos que se perdió por el camino fue Malcolm Lowry. Bebía tanto, que al final el alcohol se convirtió en su único tema literario. Total, lo tenía delante de las narices...

A mí Lowry no me gusta mucho. Es demasiado obvio, demasiado previsible. Demasiado borracho. Como si la priva le hubiera embotado el talento. Digo esto porque, a ratos, se atisba el gran escritor que quizás pudo ser.

Este poema se titula Oración para borrachos y está traducido por Mariano Antolín Rato (si te gusta, hay más aquí):
Dios da bebida a esos borrachos que se despiertan al amanecer
Farfullando sobre las rodillas de Belcebú, totalmente destrozados,
Cuando una vez más espían a través de las ventanas
Acechando, el terrible puente cortado del día.

27 de marzo de 2009

Todos los moros e las moras de fuera los manda echar

O sea, yo estoy tan ricamente en mi casa pensando si freírme unos huevos o bajarme al bar a por un paquete de Marlboro. Entonces, de la forma más tonta y sin venir a cuento, siento como una revelación: "Anda que igual el Cantar de Mío Cid lo escribió un sarraceno...". Pero así, como lo digo. Epifánicamente. Se me viene a la cabeza porque hoy es viernes y ha salido el sol.

Y ni huevos fritos, ni cajetilla de Marlboro, ni hostias en vinagre. Me abalanzo tembloroso sobre mi biblioteca, agarro un ejemplar del Cantar, releo nerviosamente y confirmo mis sospechas: "¡Esto ha salido de la mente de un árabe!". Si es que está claro. Claro como la luz del día. Lo estoy viendo con mis propios ojos. Con esos que han de comerse los gusanos. Qué digo viéndolo: ¡Lo siento en las yemas de mis dedos como calambre que brazo arriba hormiguea!

Y dejo que el libro caiga teatralmente sobre la alfombra. Qué menos, tras lo que acaba de sucederme.

Ahora, una vez obtenida por procedimiento epifánico mi categórica aseveración, tengo que demostrarla. Esto, en investigación científica, se hace mucho: primero decides qué te va a salir en un experimento y luego lo pones en práctica haciendo todo lo posible para que te salga. Y, por lo general, sale.

Bien, ¿y cómo demuestro yo mi hipótesis? Fácil. Elucubrando a lo chorra. Total, de un original de ochocientos años de antigüedad puedes decir lo que te salga de la entrepierna, que difícilmente alguien te lo va a discutir. Primero, porque es sumamente difícil. Y segundo, porque, ¿a quién carajo le importa?

Así que voy elucubrando y elucubrando. Que si el Cid era más listo de lo que creíamos y que estaba muy viajado, que si por fuerza aquello se escribió en un ambiente de libertad, que si patatín, que si patatán. Me lo invento todo, de cabo a rabo.

Y luego voy, escribo un bonito libro, lo presento en público y salgo en el periódico.

¿Que no se puede? Ya lo creo que se puede.

Sin más enemigo que yo

Hace dos semanas murió Blanca Varela y como me niego en redondo a ir con el rebaño (sobre todo cuando elogiar a ese que hoy, recién diñado, te pone las endorfinas a cien mientras que ayer, cuando todavía respiraba, lo ignorabas con la suficiencia que únicamente los imbéciles son capaces de exhibir), dejé pasar el momento.

Pero Varela bien se merece un apunte. Porque la tía escribía de puta madre. Mucho mejor que toda la chusma de su generación, desde luego. Y, además, con coherencia y saber estar.

Escribía cosas como esta (muchos más poemas, aquí):
Un poema
como una gran batalla
me arroja en esta arena
sin más enemigo que yo

yo
y el gran aire de las palabras

26 de marzo de 2009

Hombres, hoy no es ese día

Cynewulf, poeta anglosajón cuya identidad exacta se desconoce (aunque se cree que fue un obispo que vivió en el siglo VIII), escribió unos cuantos miles de versos en inglés antiguo de los que rescataremos dos y sólo dos. Estos:
Eala Earendel engla beorhtast.
Ofer middangeard monnum sended.

Que traducido al español moderno quiere decir:

Salve, Earendel, el más brillante de los ángeles.
Enviado a los hombres sobre la media tierra.

Los versos no tendrían mayor importancia (aunque he de confesar que toda la literatura cristiana me parece fabulosa; fabulosa, además, de la manera en la que sólo los ateos radicales como yo podemos percibirla) si no fuera porque llamaron la atención de un joven escritor de veintidós años que luego, a cuenta de ellos, acabaría liándola parda.

El escritor, un muchacho que vivía seducido por la atmósfera que el inglés antiguo transmitía, fue, poco a poco, incubando todo el magma contenido en esos dos únicos versos, en ese verso en que se narra cómo el más brillante de los ángeles es enviado a los hombres que habitan la media tierra.

El tipo se llamaba J.R.R. Tolkien y, entre ponte bien y estate quieta, acabaría por escribir El señor de los anillos. Una historia de hombres y de seres extraordinarios en la Tierra Media. Una de las sagas más impresionantes de la literatura universal a partir de sólo dos versos escritos hace más de mil años. ¿Alguien da más?

25 de marzo de 2009

Ern Malley, el poeta que nunca existió

Uno de los poetas más influyentes de la poesía australiana de la segunda mitad del siglo XX fue Ern Malley. Lo cual no es nada del otro mundo, porque dado el sistema de jerarquías sociales y sus entramados correspondientes en el que nos imbricamos los humanos, siempre alguien influye sobre alguien. Alguien es más guapo que alguien, alguien es más listo que alguien, el macho alfa se tira a todas las hembras de la manada, etc. Abran un libro y lean sobre el asunto, que no les vendrá mal.

Sin embargo, el caso de Ern Malley es un tanto peculiar porque Ern Malley nunca existió. Posiblemente, sea el poeta inexistente más famoso y reputado de la historia. La culpa de todo el engaño la tuvieron dos tipos que fueron más listos que un tercero. Ya he advertido en el párrafo anterior (lo recuerdo por si ustedes pertenecen al segundo grupo) que alguien siempre es más listo que alguien. O más ingenioso. O más caradura.

Esos dos tipos listos fueron James McAuley y Harold Stewart y el tío al que se la colaron se llamaba Max Harris. Resulta que Harris tenía una revista de poesía e iba de enterado por la vida. De culto. De semidios. De gurú de la letra impresa. ¿Conocen un poco el panorama literario de nuestros días? Pues más o menos igual. Hay cosas que nunca cambian. Ni en el tiempo ni en el espacio.

McAuley y Stewart estaban tan lejos del peso intelectual de Harris como yo de Jennifer Aniston, pero, a diferencia del resto de gente, ellos tenían algo de lo que los demás carecían: talento. Sí, eso cuyo inmediato reconocimiento distingue a los listos de los demás.

Harris, sentado tras la mesa de su despacho, era un hombre que desde muy joven se había hecho con una reputación importante dentro del ambiente literario australiano. Partidario del modernismo, del surrealismo y de media docena más de estupideces terminadas en ismo, encontró la horma de su zapato cuando McAuley y Stewart se sacaron de la manga un escritor, Ern Malley, para, acto seguido, matarlo sin demasiados escrúpulos. Hicieron que pareciera un accidente. Para que no quedaran pruebas. Luego, escribieron diecisiete poemas (toda su obra) y se los enviaron a Harris bajo el título de The Darkening Ecliptic. En realidad, el envío lo hacía la hermana de Malley, obviamente también inventada. Que a ver qué le parecía lo de su hermano. Que tenía las cuartillas por casa y que no sabía qué hacer con ellas. Que si valían algo.

Harris, al leer el material, tuvo tal erección que necesitó caminar descalzo sobre baldosas frías durante dos horas para que el asunto volviera a su estado natural. Pensó que estaba ante un poeta de la altura de W. H. Auden o de Dylan Thomas. Y de ahí, para arriba. En otoño de 1944, publicó el libro de Malley. No cabía en sí de orgullo y satisfacción. Aquello era lo mejor que le podía haber sucedido.

McAuley y Stewart, cumplido su objetivo, revelaron la verdad. Malley no existía y aquellos poemas se los habían inventado ellos. Harris, estupefacto, se enrocó en su posición: fuera quien fuera su autor, aquellos poemas eran magníficos y, por lo tanto, McAuley y Stewart dos poetas grandes como montañas. Habían escrito The Darkening Ecliptic en una sola tarde, entre cerveza y cerveza y medio en broma, pero, ¿y qué? Si eran buenos, eran buenos. Si era poesía de la de verdad, lo era.

El debate duró veinte años. Que se dice pronto. Porque, ¿qué hace que un poema sea bueno? ¿Qué lo diferencia de uno malo? Y, sobre todo, la pregunta del millón de dólares: ¿Puede ser estéticamente conmovedor, puede llegar a removernos las entrañas como nada lo había hecho antes, algo que en modo alguno ha sido concebido con tal fin? ¿Puede el engaño ser arte? Quien sepa la respuesta, que dé un paso al frente.

No sé si un poco hijoputamente, unos versos del primer poema de The Darkening Ecliptic dicen:
I had read in books that art is not easy
But no one warned that the mind repeats
In its ignorance the vision of others. I am still
The black swan of trespass on alien waters.

Traducido por servidor:


Yo había leído en los libros que el arte no es fácil
Pero nadie advirtió que la mente repite
En su ignorancia, la visión de los demás. Todavía soy
El cisne negro que invade aguas extrañas.

24 de marzo de 2009

De tal palo, tal astilla

Hoy, a la hora de comer, he asistido a la incineración de un amigo y me he reafirmado en lo que ya sé hace tiempo: que esta vida es una hija de puta que, si bien se ensaña con cualquiera, suele elegir a los mejores para clavarle los dientes. Y como te clave los dientes, date por jodido porque ya no te suelta.

Algo así debe haberle sucedido al hijo de Sylvia Plath, que la semana pasada se suicidó a los 47 años de edad, 46 años después de que su madre metiera la cabeza en el horno de la cocina de su casa y girara la espita del gas. Dice la noticia que
"cuando Nicholas Hughes tenía poco más de 20 años, su padre, el poeta Ted Hughes, le aconsejó acerca de la importancia de vivir con valentía" [completo aquí].

Hughes padre era partidario de echarle agallas a la vida. De no tener jamás miedo a ser humillado o herido. Vivir sin valentía es no vivir. Es dejar que todo suceda y que tú, tonto de ti, te conviertas en un simple espectador de tu propio devenir.

Yo, hoy, opino como el cabrón de Ted Hughes.

23 de marzo de 2009

Tiran más dos tetas que dos cuartetas

Sinceramente, no veo qué interés tiene a estas alturas de la película, publicar un estudio acerca de la homosexualidad de Federico García Lorca. Sí, era gay, ¿qué pasa? Sí, lo pasó mal por su condición de gay en un mundo de heterosexuales intransigentes. Sí, incluso puede que una de las razones de peso para que lo fusilaran fuera que le iban los tíos.

¿Y?

¿Importa algo? ¿Es determinante en su literatura, que es lo que, en definitiva, cuenta a día de hoy? Pues me temo que no. Ian Gibson puede decir que sí, pero a mí me da que no. No, al menos, en mayor medida que cualquier otro tipo de circunstancias personales influyen en la obra de un autor determinado.

Ah, tenemos un descubrimiento. Acabáramos. Hay novedades. Novedades muy jugosas. Atención al dato, que es de traca: Lorca era gay, pero puede que no todo lo gay que a un gay hecho y derecho puede y debe exigírsele.

Resulta que una vez, cuando Fede tenía dieciocho tacos, fue a tomar las aguas a un balneario donde se fijó en una muchachita de quince años. Se fijó en ella, le llamó la atención, le atrajo de alguna manera más o menos espiritual. No se la llevó detrás de unos arbustos y fornicaron hasta quedar exhaustos. No, no hicieron eso. Lorca era un muchacho gay de buena cuna, pero no era gilipollas. Se topó con una muchacha guapa y graciosa y le llamó la atención. Ya está. No es incompatible.

Y a todo esto, los estudiosos y los eruditos le llamamos sexualidad compleja.

A ver. Serenémonos. A veces se sobreinterpreta a algunos autores. Pasó con Franz Kafka, al que ahora andan desinterpretando: ni era tan obsesivo como nos dijeron, ni tan infeliz, ni tan tristón. Pero de algo tienen que vivir los estudiosos, ¿no?

En fin, dejo aquí una estrofa que me gusta del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (completo aquí):
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el rasgo negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

Lo del "te has muerto para siempre" a mí siempre me pareció genial.

21 de marzo de 2009

La venganza es un plato que se sirve frío

Gus Nielsen me ha contado que el mejor libro de Sharon Olds es El padre (1992). Resulta que Olds fue abandonada por su padre cuando era niña. Muchísimo más tarde, cuando Olds es una señora hecha y derecha, el padre desaparecido en la niñez, reaparece. Tiene un cáncer terminal y ruega a su Sharon que cuide de él. Es muy duro morirse de cáncer y más duro aún hacerlo en soledad. Total, que Olds no sabe qué hacer. Malditas las ganas que tiene de cuidar de aquel cabrón que la abandonó de niña. Pero él insiste e insiste y ella no sabe decir que no.

Sin embargo, urde una venganza. Algo terrorífico, cruel y perfecto. Escribiría un poema rabioso cada día con y contra aquel despojo miserable tendido en la cama. No se callaría nada. Contaría todos los detalles. Para que quedara constancia. Para que quedara constancia para siempre. Y quedó.

Un fragmento del poema titulado Su olor (completo aquí).
Después de su último aliento, yacía ahí,
tendido de costado, inmóvil,
sin respirar, sin proferir sonido,
pero su olor era el mismo, ese olor viciado
fresco industrial doméstico varonil,
oscuro, reflejando puntos de luz.
Alguna vez pensé que al final
sería una palabra, una mirada, la presión
de su mano. Nunca, que él moriría
y yo, después, me inclinaría para olerlo,
respirándolo como se respira el aire,
profundamente, antes de partir hacia el exilio.

20 de marzo de 2009

Besotes

Al hilo de lo que escribía yo el otro día sobre las palabras poéticas y su carga cancerígena (o su ausencia de ella) me he acordado del Diccionario del argentino exquisito de Adolfo Bioy Casares, el cual, a cuento de los intentos que algunas personas realizaban para recauchutar términos, decía:
"El afán de mucha gente por expresarse con mayor finura y corrección que los demás usando palabras solemnes, más que ridículo o pedante, resulta nefasto. Atribuimos los infortunios de este mundo a los grandes malvados porque subestimamos la estupidez".

Cuánta razón. Cuánta sabiduría. Ya sé que no me van a creer y que van a pensar que esto no es sino una boutade mía, pero yo, que no soporto el fútbol, suelo escuchar muchos partidos por la radio (tengo un receptor en la cocina de casa y yo paso mucho tiempo allí) sólo por el placer que me supone escuchar a los locutores deportivos: no hay gente, en cuanto al uso del lenguaje se refiere, tan cretina, tan paleta y, al tiempo (y a consecuencia de ello) tan decididamente maravillosa como los comentaristas del deporte rey.

Pero yo hoy iba a Bioy y a su Diccionario. Va un ejemplo estupendo extraído de él. Que, por cierto, el Diccionario será argentino, pero en lo referente a este término, su uso es perfectamente aplicable al español de España:
BESOTE: Palabra de mujeres refinadas, pertenecientes a círculos muy exclusivos; por lo general se emplea por teléfono, en el momento de la despedida: "Bueno, un besote enorme".

No seré yo quien ose corregir y aumentar al gran Bioy, pero en los últimos tiempos, entre las burguesas españolas se ha puesto de moda una variante de besote, aún, si cabe, más terrorífica: besito. "Bueno, un besito".

19 de marzo de 2009

Mentirosos compulsivos

Hace no mucho, El coloso de Francisco de Goya dejó de ser un goya. Resulta que tras una barbaridad de años atribuyéndosele la autoría, ahora los expertos dicen que no, que no lo pintó él, sino uno de sus discípulos. Si nunca te has parado a contemplar extasiado la belleza de El coloso, el asunto no deja de ser una anécdota, pero, ¿qué cara se le queda a todo aquel que admiró el cuadro creyéndolo un goya de pura cepa? Ya respondo yo: en general, de tonto.

A mí siempre me ha interesado mucho la relación entre la autenticidad y la falsedad. En estos tiempos que corren, incluso, podría escribir un sesudo ensayo al respecto y acudir a congresos y dar conferencias al respecto. Sobre si lo falso es auténtico y sobre si la autenticidad la define el acto creativo, sea éste falsario o no. De hecho, hay gente que lo hace. Escribe sesudos ensayos y da conferencias. Falsamente, como debe de ser: todo se lo inventan y, mientras los talones tengan fondos, que la juerga continúe. Pero ese es otro tema.

Yo quería llegar a esto: se falsifica por hambre. Ese y no otro es el motivo por el que Thomas Chatterton, poeta inglés del siglo XVIII, literalmente se inventó toda su obra (heterónimos incluidos) como si de una novela se tratara. Creo un sinfín de autores medievales, escribió las obras de cada uno de ellos y les dio vida propia: hizo que se conocieran entre sí, que se relacionaran, que se escribieran cartas, etc.

Luego, cambiaba todas esas mentiras por dinero. Y ahora, hay que reconocer, porque es de justicia, que toda la obra falsa de Chatterton es su obra auténtica. Porque todo él fue falso y la falsedad, lo único auténticamente verdadero.

Chatterton se suicidó antes de cumplir los dieciocho años. Hay un cuadro que representa ese momento. Su obra era ya grandiosa y él pasaría a ser parte de la leyenda del Romanticismo. Antes de morir, escribió esto:
Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos.
Amantes de la riqueza, adoradores del engaño.

O sea: "Ahí os quedáis, tontos hijos de puta. Yo ya os he sacado todo lo que tenía que sacaros. Y de aquí me largo ahora mismo".

18 de marzo de 2009

Poemas de mierda

Por alguna razón misteriosa, en el mundo se realizan cada año miles de estudios socio-psicológicos dedicados a estudiar los tortuosos vericuetos de la mente humana. ¿Por qué hacemos esto y no lo contrario? No lo sabemos, pero una legión de sesudos estudiosos provenientes de las más prestigiosas universidades sobre la faz del planeta está dispuesta, con inaudita decisión, a arrojar luz sobre la ciénaga de nuestro subconsciente.

Y en estas estábamos, cuando un grupo de científicos japoneses se da cuenta de que el uso abusivo de papel higiénico está a punto de balancear hacia el abismo el frágil equilibrio del planeta y decide buscarle solución.

Se gasta mucho papel higiénico, amigos. La gente entra en el W.C., hace sus necesidades y tira de papel higiénico a lo loco. Se limpia en exceso. El estudio socio-económico-psicológico afirma que la gente usa hasta un 20% más de papel higiénico cuando hace sus necesidades fisiológicas en un lugar público que cuando las hace en su casa. Total, como es gratis...

Quiero aquí advertir que, si este blog se caracteriza por algo, es por la absoluta ausencia de ordinariez en el que lo mantiene, de manera que obviaré entrar en valoraciones personales sobre lo que un servidor de ustedes gasta dentro y fuera de su casa. Como lo que se lleva el agua cuando tiras de la cadena, dejémoslo correr.

Dicho lo cual y habida cuenta de que la lucha para salvar a las ballenas engulle casi todo el presupuesto que para causas nobles existe en el Japón, la pregunta es: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, Dios santo, para que la gente no cague a lo loco?

Pues, amigos, la respuesta es siempre la poesía. La poesía es esa herramienta fiel que lo mismo te detiene la tala indiscriminada de la Amazonía, que te disminuye significativamente el uso de papel higiénico en los urinarios públicos japoneses.

¿Cómo? Sencillo. Se trata de enviar un mensaje poético directamente al hipotálamo del sujeto que obra. O sea, que tú estás sentado en el trono y en esos segundos tontos que utilizas para desprenderte de lo definitivamente innecesario, un subrepticio y sin embargo preciso mensaje, insertado a modo de poema a la altura de tus ojos, penetra en tu conciencia más íntima y te obliga a gastar menos papel higiénico. Es casi como la hipnosis. Sucede, pero no sabes cuáles son los mecanismos por los que sucede. ¿Por qué? Porque los poderes de la poesía son extraordinarios. Nosotros ya lo sabíamos y ahora ha quedado comprobado científicamente.

Les dejo con un poema (sabiduría japonesa en estado puro) que salvará el mundo:

Fold the paper
over and over
and over again.

Que traducido quiere decir:

Dobla el papel
una y otra
y otra vez.

¿Quién, ante tanta belleza, no se vería impelido a seguir las indicaciones del poema?

Así que ya saben: si doblan tres veces el papel higiénico antes de deshacerse de él, las focas del ártico se lo agradecerán. Es ciencia pura. Todo está conectado. No puede fallar.

17 de marzo de 2009

Desprendimiento del fémur y otros espantos

Es cierto que los periodistas siempre buscan el titular más rimbombante y que lo que uno dice en un contexto determinado, puesto en letra gorda suele resultar excesivo. Pero bueno, es lo que hay. Ferreira Gullar (poeta que no me gusta, pero del que tienen poemas en español aquí, por si quieren hurgar), en una entrevista que le han hecho, dice:
"La poesía surge del espanto".

No sabemos si mientras lo decía su actitud era esa tan solemne que se adopta cuando se va a revelar una verdad universal, un pensamiento conclusivo, una reflexión que a cualquier otra engulle y de la que todo, en adelante, podrá desprenderse.

No sabemos si era esa su actitud mientras lo decía o se estaba rascando los sobacos al tiempo que caía en la cuenta de que llevaba suelto el cordón de un zapato. A saber.

Pero me ha gustado la frase. Y me ha gustado, también, lo que a continuación, a modo de corolario, el poeta ha añadido (yo sé muy poco portugués, así que si he traducido mal, corríjaseme):
De repente, cuando se levanta de la silla, el poeta se da cuenta de que el fémur de una pierna se desliza de la pelvis. "Es de ese tipo de sorpresa de la que nace un poema".

En el original:

De repente, quando se ergue da cadeira, o poeta percebe que o fêmur de uma perna resvala no osso da bacia. "É desse tipo de surpresa que nasce um poema".

16 de marzo de 2009

Taller literario en el bazar umbrátil

Hace unos años entré en un bazar (de esos en los que venden un poco de todo a bajo precio) con la sana intención de comprar una peli porno y, al pasar junto a los estantes del material de papelería, me topé con un montoncito de libros. Entre ellos, había tres de poesía al increíble precio de cien pesetas cada uno (menos de un euro), así que no pude resistirme y los compré.

Sí, dinero tirado al retrete, pero nadie dijo que no hubiéramos venido a este valle de lágrimas a sufrir.

Pensaba dejarlo estar (si yo tuviera que estar al quite de cada mal poemario que se publica, ¿de dónde sacaría tiempo para el porno?), pero el otro día leí uno de ellos y el tonillo prepotente de su contraportada me tocó un poco los huevos, así que voy dar unos apuntes, en plan rápido, para que este o cualquier otro autor en su misma circunstancia, aprenda algo sobre poesía.

Les pongo en antecedentes: el libro se titula Sitio (Edicions del Mall, Barcelona, 1986), está escrito por el poeta canario Miguel Martinón y tiene una portada diseñada por el que sin duda es su peor enemigo. En la contraportada se nos advierte de que es "un poeta de insólitos recursos expresivos y constructivos", pero no se lo crean porque esas son cosas que siempre dicen los editores. Tampoco iban a poner: "estamos ante un poeta horrendo y a usted más le valdría dejar de sujetar este libro entre los dedos antes de que se le gangrenen". No, hay que vender el producto. Pero sin pasarse de rosca. Porque si te pasas de rosca, puedes tocarle los cojones, un montón de años después, a un gilipollas que lo único que quería era conseguir porno y que, en un momento tonto, se gastó cien pesetas en tu libro.

Miguel Martinón, que sigue publicando poemarios como si tal cosa, escribe mal. Es un mal poeta. Nada raro en este mundo que nos ha tocado vivir, pero es que este tipo es profesor de Literatura Española en la Universidad de La Laguna, participó en no sé qué revista acojonantemente importante, es estudioso de tal y de cual, etc.

Y por eso, sólo por eso, entro a este trapo: porque, ¿cómo diablos puede enseñar literatura alguien que escribe mal, mal y mal? Es como si en la facultad de medicina, la asignatura de "Teoría y práctica general de la autopsia en seres humanos" la impartiera alguien al que le dieran grima los cadáveres. Cuidado: que tratándose de la universidad española, ni siquiera descarto la posibilidad. Pero entiendo que no: si lo tuyo va sobre rajar muertos, tienes que saber de muertos, de lo que te va a salir de un muerto una vez que lo abras de arriba abajo, etc.

En el vaporoso campo de la literatura, sin embargo, esto no pasa: puedes ser un escritor horroroso y enseñar literatura. Incluso puedes no entender qué es el hecho poético, cómo se conforma un poema, qué hilos y qué tensiones convierten lo común en poético, y dar clases de literatura. Cobrando.

Y no.

El poema es un ecosistema que no se parece a ningún otro. Nada en él funciona como funciona el resto de las cosas: ni en la literatura, ni fuera de ella. Tiene reglas, pero son reglas que no se someten a nada y que, cuando interactúan entre ellas, pueden ser una cosa y la opuesta. O ambas al mismo tiempo, o ninguna. Complementarse o destruirse. Colaborar o enfrentarte.

El poema es, de alguna forma, un ecosistema darwiniano: infinidad de mutaciones aleatorias combinadas entre sí dan lugar a un rango casi infinito de posibilidades. Pero sólo a una única de esas posibilidades la llamamos Charlize Theron. ¿Me siguen?

Por explicarlo de una forma gráfica, una palabra en un poema funciona como una célula cancerígena: se torna activa, decisiva, mutable e influye de forma violenta sobre el resto de palabras que han tenido la mala suerte de encontrarse junto a ella. Una palabra en un poema no es una palabra: es una palabra y todo lo que puede ser cuando ataca al resto de palabras, al resto de frases, a la materia gris del tipo que la está leyendo.

Por eso hay grandísimos poetas que lo son sin casi darse cuenta y legiones de juntaletras que dedican media vida a levantar una obra muerta de nacimiento. Porque los primeros conocen los mecanismos mortales del cáncer y los segundos no.

Miguel Martinón es de este segundo tipo de poetas: no ha descubierto el modo de activar la carga cancerígena de las palabras. Dudo mucho de que conozca este concepto. Él se limita a ser poeta a la vieja usanza: tú miras el paisaje, en un momento tonto consideras que ese paisaje transmite una paz y una belleza de mil pares de cojones y, hala, al papel: "Yo a esto le escribo un poema como la copa de un pino". Dicho y hecho.

El caso es que escribir poemas así es una estupidez. Y el resultado se parece a un auténtico poema como mi saber hacer al de Nacho Vidal. Eso no es poesía. Es algo que remotamente se le asemeja (como mi saber hacer) pero que carece de cualquier carga poética. No hay cáncer, no hay lucha, no hay tensión, no hay bestialidad, no hay belleza, no hay piedad, no hay calma. No hay nada. Sólo unas palabras corrientes y molientes.

Les dejo con un poema de Miguel Martinón. Se titula El botón de oro que, por cierto, para los poetas cursis (no para Martinón, que mal poeta sí es, pero cursi no), es esa parte de la anatomía femenina que se encuentra sobre la flor de cálidos y turgentes pétalos.
húmeda clausura
verde resonaba

el agua cayendo
en la fuente cerca

en ámbito umbrátil
entre los helechos

oculto allí busco
ya miro aquel brillo

7 de marzo de 2009

We're on a mission from God

Mi frase preferida en The Blues Brothers es una con la que Elwood, harto de los reproches de Jake, zanja la cuestión con una sentencia lapidaria. Una frase que no admite réplica y que, en sí, es toda una declaración de principios y de intenciones.

Desde hace años, creo que yo no puedo escribir un solo verso desde otro punto de vista.

La frase con la que Elwood replica a Jake dice: "They're not gonna catch us. We're on a mission from God." O sea: "No pueden atraparnos. Estamos en misión del Señor".

Esa es la actitud. Ese es el plan.

6 de marzo de 2009

Pues no hay merecimiento en el nacer y nada justifica nuestra muerte

Francisco Brines es uno de los grandes poetas españoles vivos. Grandes según el establishment, porque a mí me aburre bastante. Su poesía es como mi Ford Mondeo de catorce años: le cuesta la hostia arrancar por las mañanas. Aquí hay muchos poemas de Brines y ustedes, si gustan, se van formando su criterio propio.

Sin embargo, a Brines no lo tengo en mala estima. O sea, que me parece un buen tipo. Que ya es mucho dentro del ámbito de la poesía en español, donde abunda en cretinismo nato.

Total, que en una entrevista que le hacen a Brines, va y dice:
Vivimos un mundo de minorías. La poesía es una gran defensa del individuo y de la individualidad del ser humano. Como se habla desde la vida y desde las emociones y tenemos parecidas alegrías y tristezas, el lector en la poesía no se busca a sí mismo sino que busca la verdad del otro. Cuando lees a alguien que puede ser incluso lo contrario que tú y, por la emoción estética, asientes al contenido, se establece algo muy importante: la tolerancia. Así, si un creyente lee un poema agnóstico y se emociona, ese creyente se hace tolerante, aunque sea por un momento. De la misma manera que si un lector ateo lee a San Juan de la Cruz, puede que no crea en la mística, pero sí creerá en el hombre que se apoya en ella.

Y estoy muy de acuerdo, sí señor. Yo siempre he dicho que hay que separar la obra en sí misma, de esa fina capa, casi transparente, que es el valor estético que la cubre. O, por decirlo con un ejemplo: que puedes ver La lista de Schindler, disfrutarla con placer estético, y no estar en absoluto de acuerdo con lo que en ella se narra (el ejemplo no es del todo bueno, porque Steven Spielberg tendría que ser nazi para que todo encajara en la teoría de Brines; y, obviamente, no lo es).

Bueno, pues hablando de ateos y de creyentes, dejo aquí un poema impío del propio Brines (de todos los suyos, uno de los que más me gustan). Quizás pueda alguien, entre los lectores de este blog, creer a pie juntillas en la Santísima Trinidad, y, a pesar de ello, gozar con estos versos.
¿Es que, acaso, estimáis que por creer
en la inmortalidad,
os tendrá que ser dada?
Es obra de la fe, del egoísmo
o la desolación.
Y si existe, no importa no haber creído en ella:
respuestas ignorantes son todas las humanas
si a la muerte interroga.

Seguid con vuestros ritos fastuosos, ofrendas a los dioses,
o grandes monumentos funerarios,
las cálidas plegarias, vuestra esperanza ciega.
O aceptad el vacío que vendrá,
en donde ni siquiera soplará un viento estéril.
Lo que habrá de venir será de todos,
pues no hay merecimiento en el nacer
y nada justifica nuestra muerte.

5 de marzo de 2009

La segunda mejor lectura posible de "El desierto", de Borges

Durante estos pasados días, he llegado a la conclusión de que la mayor parte de los lectores de este blog, leen mal los poemas. Con el riesgo que eso supone de estropearlos, estropear el blog, y echarlo todo a perder.

De manera que, a cuenta de la discusión en torno a la correcta lectura del poema El desierto de Jorge Luis Borges, Gus y yo decidimos que era momento de mostrar cómo ha de leerse correctamente poesía.

De común acuerdo, nuestra primera opción para la lectura fue Salma del Carmen Hayek, así que la llamamos. Salma estaba en el aeropuerto de Los Angeles, a puntito de tomar un vuelo para Bali, y me dijo que encantada de la vida nos haría el favor, pero que el avión se disponía a despegar y no tenía demasiado tiempo. Yo, al notar su reticencia, traté de convencerla rebajando mis expectativas: "De acuerdo, puedes hacerlo vestida". Pero Salma del Carmen, amante confesa de Borges, estaba más pendiente de la señorita de la puerta de embarque que de un servidor al otro lado del hilo telefónico. "¿Qué tal si en otro momento?", dijo finalmente. Y ahí supe que todo estaba perdido. "Te enviaré una foto en bikini desde la playa", prometió, a modo consuelo. Y colgó.

En El Sindicato, difícilmente nos arredramos ante las dificultades, de manera que pasamos al plan B: Gus agarró lo que más a mano tuvo y grabó (vestido) la segunda mejor lectura posible del poema "El desierto", de Jorge Luis Borges.

Así que aquí tienen a Gustavo Nielsen leyendo poesía como es debido. Que lo disfruten.



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Actualización:

Ana Lorenzo, una lectora un tanto quisquillosa, dice que Gus se ha saltado un silencio y, ni corta ni perezosa, ha grabado su propia versión. En cuanto a la fotografía en bikini de Salma, aún no ha llegado. Dejen de preguntar.

4 de marzo de 2009

La soledad del centrocampista

Esta mañana me he leído el libro de Jesús María Cormán Gabinete de crisis. Yo me he leído la versión impresa (preciosa, por cierto), pero os lo podéis bajar desde aquí completo, gratis y en formato PDF.

Cormán es de esos poetas que a mí me gustan, pero que no me entusiasman. No creo que ni siquiera él lo pretenda (entusiasmar, digo). Su poética es de corte intimista, ausente, vago e introspectivo. Como si cualquier palabra sobre el poema ensuciara la perfección de la página en blanco.

Por decirlo de alguna forma, yo creo Cormán siempre ha de ser un centrocampista titular en el equipo: sabe recoger bien los balones que le envían desde abajo y sabe conectar con los hombres avanzados para que estos intenten el gol. De hecho, el propio Cormán, en ocasiones y cuando las circunstancias lo permiten, controla bien de pecho, se echa el balón a los pies y encara con arrojo la portería ajena. Son esos momentos en los que los delanteros se han despistado o, simplemente, el centrocampista ha visto su oportunidad: y la aprovecha.

Pero Cormán es un centrocampista nato y él lo sabe. Sube pocas veces hasta la portería ajena y, cuando lo hace, dribla con honestidad a los defensas del equipo contrario. Y ese, básicamente, es para mí su problema: que los dribla con soltura (porque Cormán tiene muchas horas de juego y sabe una tonelada de trucos) y chuta a gol. Y ya está. A veces la mete y a veces no.

Yo, si fuera entrenador, lo pondría siempre de titular.

Sin embargo, no me gusta la actitud excesivamente conformista de Cormán. Cormán se enfrenta a los defensas y trata de irse con el balón, cuando lo primero que un poeta debe hacer, cuando se topa con el contrario, es arrearle un cabezazo en el esternón para, así, dejarle sin respiración. Y una vez que el defensa esté en el suelo e indefenso, tiene que darle con el puño cerrado en la cara hasta que te sangren los nudillos. Si los nudillos no sangran, no pares, porque todavía el tipo no ha recibido lo suficiente. Y al balón que le den por culo. Y al defensa contrario, que le den por culo. Y a toda la puta afición que atrona en la grada que se la lleven los mil demonios. Pero tú dale fuerte al puto defensa. Con saña. Hasta que te pida, por tu santa madre, que pares. Entonces, sólo entonces, estamos hablando de poesía, de auténtica poesía cuya lectura te sacude las entrañas.

Lo otro, es hacer un papel digno.

Un poema de Cormán; de aquel día en el que disparó a puerta y marcó:

Hallamos un lugar
en la estampida:

sábanas limpias,
leña en el fuego,
el diapasón de las horas.

Miramos a través
de la ventana esperando
amanecer.

Entonces el alba: esos ojos
de animal asustado.

3 de marzo de 2009

This is Sparta!

Gus me pasa el que, a su juicio, es el mejor poema de Jorge Luis Borges. Y sí que es bueno, joder, sí que lo es... Pero porque Borges, por un momento, deja de ser poeta para ser... ¡Borges! Leo este poema y reconozco claramente los trazos del Borges prosista, del Borges narrador, del Borges contando historias que sólo él podría haber imaginado.

En el poema, unos soldados van a entrar en el desierto y beben tanta agua como pueden. Hierocles, sin embargo, se niega y, orgullosamente, la derrama en el suelo. Acepta su condición y su suerte. Porque "nadie en la tierra tiene el valor de ser aquel hombre".

El poema completo tomado del blog de Gus:
Antes de entrar en el desierto
los soldados bebieron largamente el agua de la cisterna.
Hierocles derramó en la tierra
el agua de su cántaro y dijo:
Si hemos de entrar en el desierto,
ya estoy en el desierto.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.

Ésta es una parábola.
Antes de hundirme en el infierno
los lictores del dios me permitieron que mirara una rosa.
Esa rosa es ahora mi tormento
en el oscuro reino.
A un hombre lo dejó una mujer.
Resolvieron mentir un último encuentro.
El hombre dijo:
Si debo entrar en la soledad
ya estoy solo.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.

Ésta es otra parábola.
Nadie en la tierra
tiene el valor de ser aquel hombre.

Y ahora algo que no puedo evitar relacionar. Hierocles no era más que un perro romano, pero podría haber sido el más soberbio de los espartanos. El mejor y más orgulloso entre los que han de morir.

2 de marzo de 2009

Internet contra los paletopoetas

El Telegraph publicó el pasado sábado un artículo en que se afirma, literalmente, que "Internet está provocando un resurgir de la poesía". Yo, básicamente, he opinado siempre algo parecido: que la poesía es un formato ideal para ser difundido por Internet. ¿Por qué?

A saber: porque es breve y en Internet, lo breve prospera; porque los que la disfrutamos, tenemos una densidad territorial minúscula que, gracias a Internet, desaparece; y, sobre todo, porque Internet propicia de una forma brutal los contactos entre los escritores y los lectores de poesía.

Esto lo puedo contar en primera persona, porque ya peino canas. Yo empecé a escribir poesía hace veintimuchos años en una ciudad pequeña y bastante poco desarrollada culturalmente. Con lo cual, tú mismo eras un culturalmente subdesarrollado. ¿Cómo podría haber sido de otra forma? ¿Cómo podría yo haberme desarrollado culturalmente en un lugar donde la poesía llegaba con cuentagotas y la que llegaba era, encima, vomitiva?

Así que en mi ciudad paleta éramos cuatro paletos que le dábamos al verso y, levitando sobre nuestras miserables cabezas, otros cuantos paletos (igual de paletos que nosotros pero que se habían hecho, quién sabe cómo, con un nombrecito que les permitía mirarnos por encima del hombro a los paletos de pura cepa) se relamían de gusto pensando en lo grandes poetas que eran. Nótese que, en este contexto, "grande" y "único" viene a ser lo mismo.

Y luego teníamos a algún editorcillo cutre y patético al que si se la chupabas lo suficiente, lo mismo te dejaba tomar café en el mismo bar que él. Eso sí, en la otra esquina de la barra, que tampoco era cuestión de ir mezclando cretinos con paletos. Por muy subdesarrollados que todos fuéramos.

Ahora Internet ha dinamitado ese sistema y no hay vuelta de hoja. Podéis hacerme caso o podéis no hacérmelo. Pero hacedle caso a Andrew Motion, que dice básicamente lo mismo que yo: "Andrew Motion thought poetry as an art form was simply well suited to the internet". O sea, que Andrew Motion piensa que la poesía es el formato artístico que mejor se adecua a Internet.

Blanco y en botella.

Panero y los perfopoetas

Cito [completo, aquí]:
Pues nada menos que a Panero han puesto por testigo y de Panero han querido hacer bandera una suerte de imberbes mentales que se autodenominan perfopoetas. Hace apenas una semana lo tenían en un festivalejo en Sevilla como si Panero fuera la mujer barbuda, o el enano de feria con el que, una vez usado como sello de calidad, aprovecharon para hacer unas risas. «Que lea algunos poemas, que fume cinco cajetillas de tabaco y que nos hable de cómo la CIA controla todos los medios de comunicación -incluido éste-»; y, de paso, que grite «viva ETA». Dicho y hecho, Panero cumplió con el guión y les dio una dosis de su locura para que los supuestos poetas tuvieran el laudo de su audiencia meapilas.

Y no sólo cito. Suscribo sin reparos.